Al leer el articulo, es impresionante ver que casi 80 países ya han dicho basta al uso indiscriminado, por eso, tras analizar la lectura de y los datos de la UNESCO, mi posición se inclina hacia una regulación estricta y con intención pedagógica, más que hacia una prohibición total y ciega.
Los datos de la UNESCO reflejan una realidad innegable, la presencia del celular, incluso apagado sobre el pupitre, reduce la capacidad cognitiva. Si el objetivo del aula es el aprendizaje profundo, el telefono es, en su estado natural, un agente disruptor diseñado para capturar la dopamina del estudiante a través de notificaciones.
Mi apreciación es que el dispositivo debe ser tratado como un bisturí, una herramienta de precisión que se saca solo cuando el procedimiento lo requiere. El error ha sido permitir que el celular sea un residente permanente en el bolsillo del alumno durante toda la jornada. La regulación debe permitir su uso para actividades de realidad aumentada, investigación rápida o gamificación.
No podemos ignorar que la escuela es el principal espacio de socialización y la lectura menciona el impacto en la salud mental. Al limitar los celulares, devolvemos a los jóvenes la necesidad de mirarse a la cara, de gestionar el aburrimiento (que es la antesala de la creatividad) y de reducir el riesgo de ciberacoso en el entorno que debería ser su lugar más seguro.
Prohibir por completo es una solución del siglo XX para un problema del siglo XXI, sin embargo, permitir el uso libre es una negligencia pedagógica. Mi propuesta es que los dispositivos deben estar guardados por defecto y solo emerger cuando el docente diseñe una actividad donde el papel y el lápiz sean insuficientes.
Efectivamente, las sociedades que tienen todos los servicios básicos, y las escuelas y sus docentes son prioridad absolurta, están tomando medidas en esa dirección debe decir algo.
Saludos
Francisco
